En 2020, concretamente el 15 de Marzo, nuestras vidas cambiaron para siempre. Aquel día vivimos algo que jamás habíamos pensado poder vivir. Aquel día nos confinaron. Aún recordamos, por más que intentemos olvidarlo, (la palabra COVID prácticamente es tabú), aquellas carreras por los supermercados, colas infinitas, padres y madres de familia profundamente preocupados por conseguir víveres para que sus hijos comieran. He dicho supermercados. No vimos a nadie en las tiendas de Apple o Samsung, comprando móviles, Ipads, o la última TV con UltraHD o el negro más puro. Todo el mundo acudió a comprar lo más necesario, incluido papel del WC (algo digno de estudio).
Aquella triste etapa sirvió para ver quién era esencial y quién no. Curiosamente, los que sostuvieron aquellos duros momentos junto con el sector sanitario, gloria eterna para ellos, fueron agricultores, ganadores, pescadores y su industria auxiliar. Pareciera mentira que después de haber pasado por una experiencia tan esclarecedora, aún no pensemos en esos sectores como nicho estratégico de inversión. Preferimos “ponerle ojitos” a sectores “más seguros” como el inmobiliario (burbuja 2008), digitales (burbuja puntocom 2000), bursatiles (crack del 29), bancarios (rescate bancario 2012, corralito argentino 2001), y un largo etcétera.
Desgraciadamente, y retomando el punto central de este artículo, estamos viviendo de nuevo un periodo oscuro lleno de incertidumbres, guerras que comienzan, otras que no acaban, genocidios, violaciones de espacios aéreos con imprevisibles consecuencias y un sinfín de diferencias geopolíticas que atisban un futuro incierto.
Con este panorama tan descorazonador, ¿No sería lógico invertir en lo que sabemos que muy probablemente se convierta obligatoriamente en esencial de nuevo? No ya porque un conflicto nos pudiera alcanzar directamente (o sí) sino porque alcanzará lamentablemente a otros seres humanos. Ahí es dónde deberemos ser y estar, y convertirnos en los proveedores de aquello que solamente puede dar vida.